Desde que tengo uso de razón me ha encantado hacer cositas pequeñas, manualidades, miniaturas. Cuando era más pequeño todavía que ahora, con diez o así, cogía los corchos que encontraba y los tallaba con un cuchillo, para hacer galeones. Luego, con palillos de dientes y trozos de papel les hacía el velamen.

Más tarde, cuando empecé a jugar al rol, de algún modo estas ideas se abrían paso en mi apretada cabeza. Recuerdo haber comprado varios metros de corcho, papel de celofán, arena y musgo, entre otras cosas. Con eso hice mapas modulares donde jugar nuestras partidas de rol. Corté un montón de trozos iguales de corcho y les puse unos alfileres para que se pudieran utilizar para construir instantáneamente escenarios que representaran la partida, donde pudiéramos poner figuritas de plomo. Además, el tablero de corcho sobre el que se clavaban estaba cuadriculado para mostrar las distancias en la escala de las figuras. También hice un par de fuentes (por algún motivo eran mi obsesión – siempre he tenido una obsesión con el agua corriendo por arquitecturas recargadas) decoradas con papel de celofán y algún que otro trono.

Todo esto es una demostración más de que soy idiota. Y la razón es que hasta que no he visto esto, no me he dado cuenta de cuánto me apetecía encontrar gente con la que jugar a algún wargame (cosa que no he hecho nunca, absurdamente) y construir nuestros hermosos y cuidados escenarios de gloria y muerte.