De gatos y hachas

septiembre 2, 2007

“[…] se llamaba Sador, un criado al servicio de Húrin; era tullido y de poca relevancia. Había sido leñador y, por mala suerte o un error de su hacha, ésta le había rebanado el pie derecho, y la pierna sin pie se le había marchitado.”

“[…] Fui convocado por la necesidad de aquel año, y abandoné mis tareas en el bosque, pero no estuve en la (batalla de) Bragollach; de lo contrario, hubiera podido ganarme mi herida con más honor. […] En Eithel Sirion estaba yo cuando el Rey Negro lo atacó […] y entonces vi a tu padre hacerse cargo del señorío y el mando, aunque apenas había alcanzado la edad viril. Se dice que había un fuego en él que calentaba la espada en la mano. Siguiéndolo hicimos que los Orcos mordieran el polvo y desde ese día nunca más se han atrevido a dejarse ver cerca de las murallas. Pero ¡ay!, mi amor por la lucha se había saciado, pues había visto ya bastantes heridas y sangre derramada, y obtuve permiso para volver a los bosques que tanto echaba de menos. Y allí recibí mi herida; porque el hombre que huye de lo que teme acaba comprobando que sólo ha tomado un atajo para encontrarse con ello.”

Lo recordaré la próxima vez que se me cruce un gato negro.

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