No lo dudo… pero

abril 16, 2007

Creo que no empleamos el suficiente cuidado cuando hablamos.

Me parece que es porque cuesta demasiado trabajo encontrar las palabras que transmitirán las ideas que tenemos en mente a otras mentes. Si además añadimos los problemas de transculturización – es decir, que unas mismas palabras sean interpretadas de diferente modo por dos individuos de diferente cultura – , la cosa se complica.

Ideas

Los grandes proyectos a día de hoy tienen que incorporar planes de localización, con traductores especializados para que asegurar que la idea original se mantiene intacta o, al menos, se asocia con una idea existente en la cultura receptora que sea similar o produzca el mismo efecto que queríamos conseguir.

Si no existe ninguna idea en la cultura receptora que podamos asociar a nuestro mensaje pueden pasar dos cosas:

  1. Que exportemos una nueva idea a los receptores
  2. Que nuestro proyecto fracase estrepitosamente

Esto, que nos puede parece algo muy lejano y poco aplicable a nuestra vida cotidiana no lo es tanto. Seguro que muchas veces nos hemos metido en una discusión por no habernos expresado de un modo unívoco, que no dé lugar a errores de interpretación.

Además, hemos de tener en cuenta que las palabras no sólamente significan lo que pone en el diccionario, sino que llevan una carga, frecuentemente inconsciente, que le vamos aplicando en el uso diario entre todos.

Por ejemplo, hoy me he dado un traspiés en terreno escabroso porque en una conversación delicada alguien ha hecho una afirmación y yo he respondido “No lo dudo” para dar a entender que estaba de acuerdo en eso.

¿Por qué? Porque “No lo dudo” se suele utilizar en contextos en los que se va a replicar. Lo que generalmente esperamos tras un “No lo dudo, pero…“. Así pues, mi interlocutor ha adoptado de inmediato una postura defensiva que no ha beneficiado en absoluto el desarrollo del debate. Y es que la gente no tiene por qué aceptar bien que se le diga que está equivocada, indepenedientemente de si es verdad o no – craso error, porque es la única manera de mejorar.

Al principio es algo que cuesta trabajo (pensar siempre cuesta cierto trabajo), pero a medida que detectamos patrones, vamos aprendiendo a expresarnos mejor, aprovechando los recovecos del lenguaje para abstraer significado y emplear palabras que signifiquen sólo las cosas que queremos.

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